CUIDADO CON EL PERRO


Entre el discurso de los políticos que llenan todo el santo día las pantallas de la tele o los dispositivos digitales, las radios o las páginas de los diarios, y lo que la gente, cuando los escucha, piensa y dice para sí o para el oído ajeno que tenga más a mano, hay una distancia como de acá a la China (salvo que usted esté en la China). 

Por eso, a los periodistas que tenemos el trabajo pesado de hacer que los políticos hablen y que lo que digan le llegue a la gente lo antes posible y con el envase en perfectas condiciones, como para que después no se diga que son los medios los que falsean la realidad y le arruinan la vida a la gente, nos gustaría más publicar lo que la gente dice cuando escucha a los políticos que lo que dicen los políticos cuando hablan para la gente. 

Y nos gustaría por una razón muy fácil de entender: los políticos dicen que dicen lo que dicen porque escuchan a la gente. Pero la gente dice (y acá viene lo divertido) que los políticos que dicen que dicen lo que dicen porque escuchan a la gente, no dicen lo que la gente quisiera que dijesen. ¿Que es muy enredado y con tanto dice que dice uno se marea?  Bueno, esa es la idea. ¿O alguien pensó que se las iba a llevar de arriba con lo que aquí se dice?

Pero vayamos al grano. Primera reacción de la gente, clásica, casi un navajazo de sabiduría popular ante cualquier cosa que esté diciendo un político: "Está mintiendo". O sus infalibles variantes lunfardas: "Todo verso", "Puro chamuyo", "Sanata". O el viejito pero rendidor "Nos está metiendo el perro". Y así hasta agotar el stock de poca fe en la discursiva política.

La segunda reacción más común de los ciudadanos de a pie ante el torrente verborrágico de los políticos cuando enfrentan un micrófono y una cámara, aniquilados ya los asustados jóvenes movileros para los que la repregunta es causa de un pánico incontrolable que los puede llevar irremediabemente a un paro cardiorrespiratorio, es una ristra de insultos castellanos imposibles de reproducir aquí.  

Y para no enroscarnos en mucho palabrerío y quedar como un político cualunque más, digamos que la distancia abismal que media entre el discurso de la mayoría de los políticos y la realidad que la gente ve, oye, toca y huele, hace que sea muy dificil para el periodista conectar del modo mas útil a ésta con el político en estado declarante o viceversa. Si al político se le deja decir nada más que lo que él quiere, sin hacerle las repreguntas más tenaces, esas de morder y no largar hasta que diga lo que la gente necesita saber, ésta le apuntará con razón al periodista. Y por estos días, como nunca antes, porque periodistas que parecen oficiar de voceros de los entrevistados más que de periodistas, hay para llenar una guía telefónica.

Si, como se ha dicho, no es nada fácil hacer que la gente pueda distinguir lo que realmente pasa de lo que pasa según los políticos, es absolutamente necesario prestar siempre la primera atención y la última al sentido común de la gente, que es una barrera infranqueable para la retórica política, casi siempre cargada de lugares comunes, cuando no vacía, vana, y que los periodistas tenemos la obligación de desmontar para que la gente pueda conocer la verdad de lo que pasa y no lo que pasa según los políticos o los periodistas. O, dicho en criollo, para que no le metan el perro. 

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